Si nos atreviéramos más y pensáramos menos, el mundo sería un lugar mejor, desterrado de frustraciones nacidas de las obligaciones y de las expectativas.
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Es como el primer café de la mañana, la cerveza en buena compañía y una siesta de esas que te trastocan. Como los grupos que nos gustan, y los que le gustan a él y a mí no, como la letra de una canción a la que de repente le encuentras el sentido(que no el significado), como una pelea y una reconciliación. Los "no me entiendo ni yo misma", los "da igual" y el sonido de la tele de fondo.
Como un día de playa, de los largos, de los que duran hasta las nueve y te dejan la piel con sabor a sal. Y como un despertar de verano, tardío, perezoso y dulce.
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He aprendido a ceder y a dejar hablar, a relativizar y vivir el momento. A guardarme cosas y decir mentiras piadosas. Sé ahora que no puedo pretender que todo salga como a mí me da la gana, que ya no estamos en la guardería y no puedo convertirme en el personaje que me venga en gana esa mañana. Sé que no debo tener grandes expectativas, porque como dijo no sé quién, si esperas durante toda tu vida, vives siempre decepcionado. Mejor ir poco a poco.
He aprendido que las cosas salen mejor cuando no se planean, que una tarde de playa vale más en mi lista de prioridades que unos zapatos nuevos, pero que mi sitio no es éste. Y me he dado cuenta, después de mucho intentar ordenarla, que no tengo una lista de prioridades, pero decía Oscar Wilde que sólo los superficiales se conocen a sí mismos.
Ahora sé que las personas te sorprenden y decepcionan continuamente, y que de ti depende sopesar en qué ganan. Y que incluso tú te sorprendes y decepcionas a ti mismo.
Y sé desde siempre, porque lo he heredado de mi madre, que las personas más fuertes terminan siendo las más frágiles. Y que al final todos queremos lo mismo.
Como un día de playa, de los largos, de los que duran hasta las nueve y te dejan la piel con sabor a sal. Y como un despertar de verano, tardío, perezoso y dulce.
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He aprendido a ceder y a dejar hablar, a relativizar y vivir el momento. A guardarme cosas y decir mentiras piadosas. Sé ahora que no puedo pretender que todo salga como a mí me da la gana, que ya no estamos en la guardería y no puedo convertirme en el personaje que me venga en gana esa mañana. Sé que no debo tener grandes expectativas, porque como dijo no sé quién, si esperas durante toda tu vida, vives siempre decepcionado. Mejor ir poco a poco.
He aprendido que las cosas salen mejor cuando no se planean, que una tarde de playa vale más en mi lista de prioridades que unos zapatos nuevos, pero que mi sitio no es éste. Y me he dado cuenta, después de mucho intentar ordenarla, que no tengo una lista de prioridades, pero decía Oscar Wilde que sólo los superficiales se conocen a sí mismos.
Ahora sé que las personas te sorprenden y decepcionan continuamente, y que de ti depende sopesar en qué ganan. Y que incluso tú te sorprendes y decepcionas a ti mismo.
Y sé desde siempre, porque lo he heredado de mi madre, que las personas más fuertes terminan siendo las más frágiles. Y que al final todos queremos lo mismo.
