viernes, 20 de diciembre de 2013

Nos tocan los ovarios

Literalmente, además. El señor Gallardón, ministro de Justicia, ha decidido que la mujer es una "víctima del aborto" y se ha visto obligado a protegernos a todas. Qué bien, oiga. Se queda una más tranquila.

Los de mi generación creíamos que eso de la justicia era algo con lo que habíamos nacido, que podíamos decidir sobre nuestro cuerpo(a quién amar, cómo demostrarlo) sin temor a represalias, y que la lucha por los derechos civiles se remontaba a nuestros padres y abuelos. Pero volvemos a ver en blanco y negro. La nueva ley del aborto, aprobada ayer viernes por el Gobierno y encabezada por Gallardón, será más restrictiva que la de 1985, pues elimina el supuesto de las malformaciones gravísimas del feto como razón para interrumpir el embarazo, permitiéndose sólo en caso de violación(notificándose hasta las doce semanas) o riesgo grave para la salud de la madre(acreditado por un informe firmado por dos médicos que no trabajen en la clínica donde se realiza el aborto). Sostiene Gallardón que todos los no nacidos son iguales y tienen el mismo derecho a la vida, y más tonterías por el estilo. Por cierto, la nueva ley se llamará Ley de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada. Como dato.

El alcance de la reforma se hará ver, estoy segura: se practicarán más abortos ilegales y las que se lo puedan permitir viajarán a otros países para practicárselo. Como en los 70.
Mucha carretera y mucha infraestructura(al fin y al cabo, hasta Franco hacía pantanos), pero no puedo evitar tener la sensación de que la de nuestros padres, la de las primeras libertades, las primeras minifaldas, los universitarios y los primeros besos por la calle, se está convirtiendo en la España que pudo ser y no fue.

Contar historias


Como dice siempre mi madre, yo nací prácticamente leyendo. Durante mi infancia devoraba todo lo que caía en mis manos, desde la colección entera de El pequeño vampiro hasta Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt, el primer libro "adulto" que recuerdo, pasando por supuesto por los suplementos dominicales de los diarios, que me acompañaban, y aún hoy siguen haciéndolo, a la hora del desayuno.


Hablando de desayuno: en mi casa estaba prohibido desayunar viendo la tele. La radio, el eco de las voces de Gabilondo, Herrera, y más adelante Barceló o Pepa Bueno, era lo que se entremezclaba con mis pensamientos mañaneros, desde la guardería hasta el instituto. Sólo cuando llegué a Madrid descubrí que la tele también existía por la mañana. Y, claro, al llegar a casa, tocaba pelearse con el jefe para que quitase el telediario y pusiera Los Simpson(gracias, papá). Y los domingos, entre una carrera en patines y el currusco del pan recién hecho, si me aburría echaba un vistazo al periódico, a veces buscando mi apellido en esa columna de letritas pequeñas.
Y visitas a la redacción, y mi madre explicándome cómo iba eso de Irak(gracias, mamá)...

Tal vez yo no me daba cuenta, empeñada como estaba en dedicarme a otras cosas, otros sueños, pero estoy segura de que todos esos pequeños detalles que formaban mi día a día y a los que no prestaba ninguna atención, se me fueron introduciendo dentro, en la piel, como si fuera un tatuaje, para que un día de 2010 se fuera gestando en mi cabeza la idea de estudiar periodismo.
Ahora, después de casi cuatro años de carrera, y gracias a los profesionales a los que he tenido la oportunidad de escuchar en persona, a algunos buenos profesores que me han enseñado a no creerme nada y a cuestionarlo todo, a los libros que he leído y también a los que me han hecho leer, y especialmente a las personas que he conocido, puedo decir que tengo la suerte de haber vivido acontecimientos históricos como el 11-S o la muerte de Bin Laden, sólo por decir algunos, en casa de periodistas. Y sin darme cuenta.

Tengo muchas carencias, y me lo recuerdo a mí misma constantemente. Prefiero escribir a hablar en público(y eso hoy no está muy de moda), me sigo haciendo un lío con el tema de Oriente Próximo, soy algo vaga y no se me da especialmente bien la pirámide invertida. Pero, mientras siga queriendo dejarlo todo atrás, conocer mundo y contar historias, no pienso tirar la toalla. Por mucho que hasta yo misma a veces me empeñe.






(Gracias, papá, gracias, mamá)