No sé si os habréis dado cuenta de que las ciudades tienen personalidad. Madrid. Es tan nerviosa... Madrid es como un amor de esos enfermizos que se ven por ahí: me enamora, me estresa, me inquieta, me deja desnuda y me sigue sorprendiendo con cada rincón y cada persona que alberga. Y la sigo descubriendo cada vez que viene alguien. Como dice una amiga, a Madrid le debo mis vicios, mis preocupaciones, mis desvelos, pero también la persona que soy ahora mismo. Y Madrid me quema. Madrid me mata. No creo que nadie haya definido mejor nada que Joaquín Sabina(aunque me quedo con la versión de Antonio Flores) definió Madrid:

Las niñas ya no quieren ser princesas
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra.
Pongamos que hablo de Madrid.
Tenía un amigo que decía que Cádiz huele a arenques. No cuenta, porque era del interior. Cádiz no huele a arenques, huele a mar. Al mar puro de cientos de años, que ha visto mucho y que todavía tiene mucho que presenciar, desde legendarias batallas entre barcos hasta un beso cualquiera en su Campo del Sur o una risa histérica de dos amigas. A todos nos pasa: renegamos de Cádiz, y cuando nos vamos, sólo queremos volver a preguntarle cómo está, cómo te va la vida. Como un amigo de la infancia que siempre va a estar ahí; eso es Cádiz.
Todos dicen que en el norte se come bien. Hasta que no vas a Bilbao, esa afirmación no cobra una nueva dimensión. No me habléis de San Sebastián y su Concha, por favor, porque los paseos por la ría de Bilbao colgada de las manos de mis abuelos le ganan la partida. Es muy gris, la ciudad más gris, y no estoy hecha para vivir en ella, pero hay una parte de mí que siempre la echa de menos.Bilbao es como ese familiar seco y antipático que no habla mucho, pero al que, inexplicablemente, todo el mundo visita.
Espero completar mi catálogo de ciudades-persona hasta llenarlo con páginas y páginas.
