lunes, 27 de enero de 2014

Ciudades.

"...es que yo me enamoro de las ciudades".

No sé si os habréis dado cuenta de que las ciudades tienen personalidad. Madrid. Es tan nerviosa... Madrid es como un amor de esos enfermizos que se ven por ahí: me enamora, me estresa, me inquieta, me deja desnuda y me sigue sorprendiendo con cada rincón y cada persona que alberga. Y la sigo descubriendo cada vez que viene alguien. Como dice una amiga, a Madrid le debo mis vicios, mis preocupaciones, mis desvelos, pero también la persona que soy ahora mismo. Y Madrid me quema. Madrid me mata. No creo que nadie haya definido mejor nada que Joaquín Sabina(aunque me quedo con la versión de Antonio Flores) definió Madrid:




    Las niñas ya no quieren ser princesas
    y a los niños les da por perseguir
   el mar dentro de un vaso de ginebra.
   Pongamos que hablo de Madrid.




Tenía un amigo que decía que Cádiz huele a arenques. No cuenta, porque era del interior. Cádiz no huele a arenques, huele a mar. Al mar puro de cientos de años, que ha visto mucho y que todavía tiene mucho que presenciar, desde legendarias batallas entre barcos hasta un beso cualquiera en su Campo del Sur o una risa histérica de dos amigas. A todos nos pasa: renegamos de Cádiz, y cuando nos vamos, sólo queremos volver a preguntarle cómo está, cómo te va la vida. Como un amigo de la infancia que siempre va a estar ahí; eso es Cádiz.



 Y Granada. Para mí, que sólo la he visitado en invierno, Granada es melancólica, algo triste, llena de verdes y azules, y te pone la vida en bandeja de plata. Levantas la vista y ves la Alhambra. Granada es Granada. Y por lo que sé, también es una de esas ciudades que te cambian, como un amigo que te enseña que no todo es blanco o negro, sino que también existen los grises.



Todos dicen que en el norte se come bien. Hasta que no vas a Bilbao, esa afirmación no cobra una nueva dimensión. No me habléis de San Sebastián y su Concha, por favor, porque los paseos por la ría de Bilbao colgada de las manos de mis abuelos le ganan la partida. Es muy gris, la ciudad más gris, y no estoy hecha para vivir en ella, pero hay una parte de mí que siempre la echa de menos.
Bilbao es como ese familiar seco y antipático que no habla mucho, pero al que, inexplicablemente, todo el mundo visita.




Espero completar mi catálogo de ciudades-persona hasta llenarlo con páginas y páginas. 



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