En una habitación sin ventanas, de una casa de paredes blanquísimas y azulejos. Por qué será que todos nos enamoramos de ti.
Has hecho que abra la mente hasta límites insospechados, una ciudad de colores que no es comparable a ninguna otra, porque atrapas al visitante y al habitante. Generas situaciones confusas, noches caóticas e increíbles, y rincones que luego parecen desaparecer.
Me has enseñado sobre todo a no prejuzgar, a amar de verdad, a caminar sin rumbo, a perderme y no encontrar un destino que no sé cuál es, a preguntarme, a no pensar en nada, a pensar en todo a todas horas y no sacar nada en claro, a mezclar las noches y los momentos, a confundirme, a pensar en brasileño, a comer en italiano, a escuchar samba y bossanova y sentir saudade, a distinguir el acento veneto del toscano y a darme cuenta de lo similar que son el sutaque griego y el español, a cocinar con muchas especias y entre amigos, a beber vino, a contar cuestas y colinas, a no contestar el móvil ni mirar el reloj, a sorprenderme continuamente con las personas, a chapurrear portugués y a pensar en varios idiomas,
y a saber que puedo sentirme en casa en cualquier parte.
Por qué será que todos nos enamoramos de ti, Lisboa. Y la gente a la que atraes ya no vuelve a ser la misma.
