Como si cada descubrimiento fuese a desaparecer de un día para otro y tuviéramos que exprimirlo hasta la última gota.Y ahora que parece que Madrid se nos agota, es cuando llegamos con mayor ansia, con más ganas, y con menos inocencia.
Y es que ser joven allí da para mucho: las primaveras que, vete a saber por qué, huelen a jazmín, el inicio abrasador del verano, los primeros calores, el otoño romántico y el crudo invierno de tres chicos pegados a un radiador en un piso pequeño de grados casi bajo cero. Caídas gráciles por unas copas de más, noches en las que el mejor amigo de tu compañera de piso es una columna, la alegría despreocupada de tener una conversación guarra a gritos en una terraza en pleno Lavapiés.
Y las mañanas legañosas de resaca, con invitados en casa, de "a ver quién se acuerda de más", y de echarnos en cara todos los "desgraciada" e "idiota" de la noche anterior, de reírnos del otro y recordarle sus aventuras hasta la saciedad.
Desayunar cerveza y una tosta en el Rastro mientras buscamos tesoros, y quejarnos sin cesar de tal y cual profesor, y prestarnos libros, e invadir la casa de tu amiga como si fuese tuya...
Hay tantas cosas que echar de menos de Madrid... No lo había pensado hasta ahora, pero detrás de nosotros vendrán otros que también creerán, con todo el derecho del mundo, que todo lo que descubran es suyo. Qué envidia. Pero de la sana, que en algún momento también fue nuestro.