creo en el olor a café mexicano recién hecho que inunda nuestro pequeño hogar todas las mañanas, en nuestra tostadora a la que hay que golpear para que funcione. creo en la pila de Vogues que nos mira desde al lado del televisor, y en que, cuando necesitamos un bolígrafo, no hay manera de encontrarlo. creo en nuestra manía de no comprar un tendedero y llenar la casa de ropa cuando llueve. creo en nuestras bombillas eternamente fundidas, en nuestro desorden crónico y en nuestros días de resaca. creo en las charlas inesperadas que nacen en el oscuro salón, en nuestras feroces críticas a todo y a nada, en el armario lleno de botellas vacías que encierran historias de noches míticas. creo en las risas que me provoca él todos los días, en la complicidad innata que tengo con ella; en nuestros miles de planes que quizá no se cumplan, en los que no planeamos y surgen sin más, en las noches de Malasaña de charla interminable. creo en sus miradas de preocupación cuando me encuentro mal, y en buscarlos por la cueva cuando echo de menos mi casa y a los míos. creo en sus conversaciones de madrugada, en sus prisas constantes, en nuestra impuntualidad. en mi familia de Madrid.
creo en mi armario desordenado e inordenable, en mi mesa que ya no es tal, sino pila de libros, porque eso es señal de una mente despierta. creo en mi habitación madrileña, a la que siempre me encanta volver; creo en la tela que cuelga de mi ventana, porque eso no se puede llamar cortina. creo en mi facultad, aunque nos quejemos de ella constantemente, en sus horas de cafetería, sus pasillos pintarrajeados y sus ascensores que tardan una eternidad.
creo en el Retiro, en la Gran Vía, en la Plaza Mayor, en el Madrid de los Austrias, en los domingos de Rastro. en nuestros antros favoritos.
pero también creo en las noches de cerveza en un parque que propician conversaciones absurdas, en días de comida basura y paseos interminables, en cafés improvisados, en ir andando a todas partes. incluso creo en noches, tardes y días ñoños, pero también en momentos de "sólo amigos".
creo en la buena música, y más cuando es compartida, en los libros, en que cada vez me parezco más a mi madre pero también a mi padre; creo en los perros, de los que podríamos aprender mucho, en las libretas que guardan tachones y más tachones, en que siempre llego tarde y con la cabeza en algún lado.
creo que echar de menos es de las cosas más bonitas del mundo, que me encanta volver a mi casa pero también a la ciudad, ciudad que me encanta y que odio
miércoles, 30 de enero de 2013
lunes, 28 de enero de 2013
nuevo NOperiodismo
De aquella guerra perdida para la información (habla de los años de la Operación Tormenta del Desierto y su mala cobertura) surgió una forma tan poco disidente como la propia realidad que refleja: un periodismo que raramente cuestiona los tópicos, que pocas veces se interroga acerca de la fiabilidad de las fuentes(más allá del hecho de que existen, y profusamente: pero eso no basta para eximirlas de toda sospecha), y que acepta como un hecho del que no hay regreso la necesidad de halagar y estimular al lector, convertido hoy en cliente, para aumentar el consumo del producto. Son fenómenos nuevos, y el joven periodista de raza que hoy practica la profesión tiene que enfrentarse a ellos como las generaciones anteriores se encararon a la censura y sus consecuencias, y debe hacerlo con argumentos también nuevos, porque hoy sabemos, que aunque la verdad es nuestro último patrono, y no el mercado, ninguna iniciativa periodística ajena a éste puede prosperar: eso sería caer en la subvención, forma de esclavitud informativa de cuyas consecuencias ya sabemos suficiente.
Maruja Torres, Mujer en guerra
Maruja Torres, Mujer en guerra
lunes, 21 de enero de 2013
Las lágrimas de Lance
Ponerse a merced de la diva de la televisión norteamericana tiene sus consecuencias, hasta para el que ocupó un lugar similar, pero en el mundo del ciclismo. Lance se sentó en el sofá, el famoso sofá por el que han pasado y seguirán pasando tantos traseros célebres, y terminó rompiendo a llorar. Nunca sabremos si de rabia, impotencia, tristeza, o de una pataleta interna; lo cierto es que, cuando habló de cómo confesó a su hijo haberse dopado, las lágrimas cayeron.
Un arrebato comprensible, el de Armstrong. Tanto el del llanto como el del dopaje. ¿Cómo resistirse a proporcionarse una pequeña ayudita a uno mismo, cuando se está en la cumbre del deporte de élite? Claro, pensará él, todos lo hacen. La peor consecuencia de los actos de Armstrong no es sus siete Tours perdidos; la peor consecuencia es el descrédito, difícil de borrar, que sufren ahora aquellos que en ese momento lo acompañaban en el Olimpo del ciclismo.
Con esta aparición en el programa de Oprah, la opinión pública(mejor digamos la mayoría) ve a Lance como una víctima del peliagudo mundo del deporte profesional. Él dice que "sólo" se dopó en esos siete Tours; no pasa nada. Todos somos humanos.
Un arrebato comprensible, el de Armstrong. Tanto el del llanto como el del dopaje. ¿Cómo resistirse a proporcionarse una pequeña ayudita a uno mismo, cuando se está en la cumbre del deporte de élite? Claro, pensará él, todos lo hacen. La peor consecuencia de los actos de Armstrong no es sus siete Tours perdidos; la peor consecuencia es el descrédito, difícil de borrar, que sufren ahora aquellos que en ese momento lo acompañaban en el Olimpo del ciclismo.
Con esta aparición en el programa de Oprah, la opinión pública(mejor digamos la mayoría) ve a Lance como una víctima del peliagudo mundo del deporte profesional. Él dice que "sólo" se dopó en esos siete Tours; no pasa nada. Todos somos humanos.
jueves, 17 de enero de 2013
Pajarracos
Dice Antonio Gala que, si ha sido algo gozoso en su vida, es universitario. Pues bien, ni eso nos queda. Lo que antes era el paraíso del ambicioso, del ávido de conocimientos, ahora es un páramo incierto de jóvenes con un futuro aún más incierto. Y no hablo sólo de España.
Asisto cada día a la marcha, y formo parte de ella, de las bandadas de estudiantes que atraviesan Ciudad Universitaria. Aspirantes a médicos, biólogos, periodistas, publicistas, abogados... ¿Realmente saben adónde van? A veces, parece que a lucirse, a hacer amigos, o a pasar el rato.
En las aulas, una creciente apatía se extiende por las sillas, apatía que desaparece en cuanto se oyen las palabras "bueno, seguimos mañana" o "lo dejamos aquí". Soluciones de ruptura, parecen. Ruptura que no entiendo, porque se supone que ambos tenemos intereses compatibles: enseñar y aprender. Pero la mayoría de las veces no es así.
El chico de los cascos enormes estudia Derecho porque sus padres son abogados; aquella estudia Medicina porque es lo que se esperaba de su alta nota media, pero no puede ver sangre ni en las películas; y así muchos, muchos más. Desmotivados. Por eso, o porque unos señores han decidido que les cueste dios y ayuda pagarse los estudios. Tal vez porque escasean los buenos profesores, o porque escasean las buenas asignaturas, porque nos enseñan de todo y no sabemos nada.
Y no hablemos del desprestigio que sufren las carreras universitarias. "Bah, eso no tiene salida", escuchamos continuamente. ¿Y qué? No es nada agradable ver cómo tus propios amigos salen escaldados de la que creían que era la vocación de su vida.
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| Ciudad Universitaria, Madrid, 1939 |
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