Es como si tuviera dentro tres personas diferentes. Y al escribir esto, tres me parecen pocas para todo lo que tengo en la cabeza.

Por un lado, está la viajera, la que quiere vivir en mil y un sitios diferentes, que es un culo inquieto y no quiere vivir toda su vida en un mismo lugar. Como los caracoles, mi casa soy yo. Y mis cinco futuros perros enormes. Me veo viviendo en Londres, Lisboa, un pueblo perdido por ahí, París, otro pueblo, Grecia, y vete tú a saber dónde más.
Aquí encontramos a otra que no esperaba describir, y que se me viene ahora a la mente: la que está completa e irremediablemente enamorada de Madrid. De sus calles. De su gente. De sus autobuses, de su tráfico y sus bares. De las amistades de barra y de cola de supermercado. Del ajetreo de la ciudad, pero también de la tranquilidad que se respira en ese oasis que es el Retiro o de esos barrios que trasladan al que se adentra en ellos a un pueblecito.
También está la que piensa en una persona, y que siempre está pendiente de cuánto le pueda afectar qué voz sale a flote. Esa es la parte a la que más intento acallar, para que no me condicione, y que tiene la voz más flojita pero muy audible.Luego hay dos que son totalmente opuestas: la que echa de menos bailar, subirse a un escenario, actuar(ésta sale en contadas ocasiones, de momento) y esa que quiere vivir del periodismo y que se alegra de la decisión tomada. Tiempo al tiempo a ver cuál termina prevaleciendo.

Y se me ocurren mil más: la que se muere por aprender a tocar la batería o saber surfear, la que no sabe nadar y le da miedo(bueno, ninguna sabemos nadar pero al resto nos da igual), la que abandonaría todo y se iría de mochilera como soñó mi mexicana favorita ...
no me juzguen, cada uno se enfrenta como puede a Este mundo raro






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