Ponerse a merced de la diva de la televisión norteamericana tiene sus consecuencias, hasta para el que ocupó un lugar similar, pero en el mundo del ciclismo. Lance se sentó en el sofá, el famoso sofá por el que han pasado y seguirán pasando tantos traseros célebres, y terminó rompiendo a llorar. Nunca sabremos si de rabia, impotencia, tristeza, o de una pataleta interna; lo cierto es que, cuando habló de cómo confesó a su hijo haberse dopado, las lágrimas cayeron.
Un arrebato comprensible, el de Armstrong. Tanto el del llanto como el del dopaje. ¿Cómo resistirse a proporcionarse una pequeña ayudita a uno mismo, cuando se está en la cumbre del deporte de élite? Claro, pensará él, todos lo hacen. La peor consecuencia de los actos de Armstrong no es sus siete Tours perdidos; la peor consecuencia es el descrédito, difícil de borrar, que sufren ahora aquellos que en ese momento lo acompañaban en el Olimpo del ciclismo.
Con esta aparición en el programa de Oprah, la opinión pública(mejor digamos la mayoría) ve a Lance como una víctima del peliagudo mundo del deporte profesional. Él dice que "sólo" se dopó en esos siete Tours; no pasa nada. Todos somos humanos.
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