miércoles, 30 de abril de 2014

18/04/14


                                                                   Era tan apremiante la pasión restaurada, que en                                                                       más de una ocasión se miraron a los ojos cuando se                                                                   disponían a comer, y sin decirse nada taparon los                                                                       platos y se fueron a morirse de hambre y de amor al                                                                   dormitorio.

                                                                 G. G. Márquez, Cien años de soledad.


Pasear por el pueblo de madrugada, un día cualquiera, cuando está vacío y ni un alma pisa las calles estrechas que bordean el teatro. Su mano ciñéndose a tu cintura, y te mira con la sonrisa subida a los ojos, que sabes que está ahí porque se le forman pequeñas arruguitas en el horizonte del párpado. Los veranos de caricias a las cinco a. m., los otoños de desayunos de despedida y hasta los inviernos tristes. Y la primavera en Lisboa y esperar en una estación durante una hora por no soportar la inquietud, y a la siguiente llegas tarde y lo ves al fondo agarrado a una maleta y a una mirada perdida.
Sus huecos, que está hecho de huecos para ti. Y sobre todo, él dormido a tu lado, sin saber que estás despierta y que lo ves soñar a través de sus pestañas.


                                            Fotografía: "Young couple relaxing during Woodstock music festival" (The Woodstock Trend)


No lo sabes, pero he tatuado a fuego todos mis huecos de tu cuerpo. Andábamos sin saber que nos encontraríamos y ahora, tengo la certeza de que eras un puzle que yo he venido a completar (o viceversa). Porque no eres consciente, te confieso que en las noches que mejor nos veíamos sin mirarnos, tu barbilla ha acabado amoldándose a mi boca y ella le corresponde; todos los pensamientos que no tengo descansan en mi hueco de tu hombro, esperando a que yo vuelva a buscarlos. El mundo se me escapa de las manos y quiero darle la vuelta sola, pero a veces me puede y es la excusa perfecta para hacerme pequeña en el hueco que la piel de tus brazos guarda para mí. Duermes, y allí fuera el sol tiene envidia de la luz que tiene tu susurro, tu leve respirar. Y yo, tranquila, despierta, te veo soñar a través de las pestañas.

Irene Alcedo

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