lunes, 25 de noviembre de 2013

música

Mi momento favorito del día es la noche, cuando me hago mi infusión(tranquilos, es sólo por el maldito frío madrileño que se nos mete en casa, y en los huesos, y en la piel) y me pongo frente al ordenador. Canción tras otra, lo nuevo, lo clásico, lo de hace dos días. Me pongo al día con mis "materias" atrasadas, sean The Strokes, los Who o Chet Baker. Vaya mezcla, diréis. Bueno, y qué.
Adoro enfrentarme al reto de hacer una crítica de uno de mis grupos de cabecera, y tener que escuchar un disco entero una y otra vez que no me gusta de una banda que no soporto sólo para escribir con conocimiento de causa. Y leer libros que cuentan hasta cuántos pelos tenía Elvis en la cabeza, ver documentales interminables que entrevistan a toda una ciudad e intentar enterarme de todos y cada uno de los lanzamientos del día, sabiendo que probablemente unas cien bandas de las que ensayan en locales sucias por todo el país dan mil vueltas a muchos de los que ocupan páginas y páginas. Y aun así, me gusta. Me gusta buscar defectos en lo último de Arcade Fire, ver que en España se hace muy buena música pese a los agoreros que no paran de menospreciarla, seguir minuciosamente los pasos de Dave Grohl(lo siento, es un dios) y hasta poder criticar con saña el nuevo disco de Pearl Jam, que suena a Pearl Jam pero no es Pearl Jam(bendita voz de Eddie Vedder que salva el disco). No sé si me explico.

Tomaré prestadas unas palabras de Rubén Pozo, mitad de Pereza, que me ha sorprendido gratamente con su Columna mutante en la Rolling Stone: "(...) siempre pensé que las canciones están por encima de los artistas, los estilos y los movimientos. Sigo pensando igual.Y no es postureo".

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